Hay años que no empiezan en enero.
Empiezan cuando algo, por dentro, se recoloca.
2025 fue uno de esos años.
No empezó con claridad, ni con una idea nítida de lo que venía. Empezó con ruido. Con cansancio. Con la sensación de estar todavía en “el antes”.
Los primeros meses fueron caóticos.
Más preguntas que respuestas. Más intuición que certezas.
¿En qué momento decides dedicar de verdad tu tiempo a algo?
¿En qué momento deja de ser una idea que acompaña y pasa a ser el centro?
Marzo fue un punto de inflexión.
No porque todo estuviera resuelto, sino porque empezó a tener sentido.
Fue el mes en el que dejamos de preguntarnos si y empezamos a preguntarnos cómo.
El momento en el que entendimos que la dedicación no llega después del resultado, sino antes.
Ahí empezó el ahora.
Con la primavera llegó también la primera gran materialización del año.
Una campaña que condensaba meses de decisiones, de prueba y error, de aprender haciendo.
¿En qué momento un proyecto deja de ser frágil?
¿O quizá nunca deja de serlo, y eso es precisamente lo que lo mantiene vivo?
El año se cerró con algo que no estaba en los planes iniciales, pero que lo cambió todo: un estudio en casa.
Un espacio propio. Un lugar donde trabajar, crear y encontrarnos. Donde las ideas no tienen que esperar a que llegue el momento perfecto.
2025 no fue un año de grandes anuncios.
Fue un año de decisiones silenciosas.
De quedarnos.
De elegir, con intención, dónde poner nuestro tiempo.
Y quizá eso sea lo más importante que nos llevamos:
entender que construir algo propio es, sobre todo, una cuestión de tiempo.
Nada de esto tendría sentido sin quienes están al otro lado.
Sin quienes leen, se acercan, acompañan y confían, incluso cuando el proceso todavía se está construyendo.
Gracias por estar, por mirar con tiempo y por formar parte de este momento.
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