
Nunca hemos sido especialmente de celebrar San Valentín.
No por rechazo, sino porque el amor, reducido a un solo día y a una sola forma, siempre se queda corto.
No nos define lo romántico.
Nos define la romantización.
Esa manera de hacer las cosas con intención.
De poner la mesa aunque no haya invitados.
De cocinar pensando en quién lo va a probar.
De vestirse incluso cuando no hay ocasión especial.
De caminar por la ciudad como si fuese escenario y no rutina.
Este año, sin embargo, apetece hablar de amor.
Pero no de uno solo.
Who do you love?
La pregunta no busca una respuesta concreta.
No señala a una persona.
Abre una lista.
Se puede amar a alguien.
A varias personas.
A una amiga con la que compartes sobremesa.
A tu padre cuando te llama sin motivo.
A quien te acompaña en silencio.
Se puede amar lo que haces.
La acción en sí.
La concentración mientras lees, trabajas o escribes.
La calma de caminar por un lugar que te inspira escuchando tus canciones favoritas.
La precisión de elegir bien.
También está el amor hacia una misma.
El más difícil de sostener y el más transformador cuando se aprende.
Vestirse para una misma.
Cuidarse sin motivo externo.
Elegirse incluso cuando nadie está mirando.
El amor es uno, pero tiene muchas direcciones.
El que se da y el que se permite recibir.
El que se demuestra y el que se practica en silencio.
Para nosotras romantizar no significa idealizar.
Significa decidir que lo cotidiano merece intención.
Que un objeto puede acompañar momentos reales.
Que una pieza puede adaptarse a distintas vidas.
Que la funcionalidad también puede estar hecha con intención.
Todo lo que se hace con amor, sea hacia quien sea, se nota.
En el gesto.
En la energía.
En la forma en que se comparte.
Quizá San Valentín no va de encontrar a quién querer.
Quizá va de preguntarse:
Who do you love?
Y cómo eliges demostrarlo cada día.


